English
6th Sunday in Ordinary Time (C) - February 13, 2022 - What is the source of our happiness?
What is the source of happiness in life? Jesus poses this question to the disciples and to us when he preaches the sermon in today’s Gospel that is a version of “the beatitudes”. “Beatitude” refers to “supreme blessedness” - the blessedness of heaven - eternal life. “Blessed” is often translated as “happy” indicating that our desire for happiness finds its fulfillment in God alone. We are “fortunate” or “blessed” if the actions and attitudes described by the beatitudes are our own because they indicate we are on the path to eternal life. The beatitudes proclaim the blessings and rewards already secured - an anticipation of eternity. What we realize here and now in faith sustains our hope in the midst of tribulation. Jesus directs this teaching primarily to the disciples, so we have to look at the teaching in this context. Who are the disciples? Last week, we heard the call of Simon the fisherman and his companions, James and John. Shortly after that, in the same chapter of the Gospel, we are told of the call of Levi the tax collector. In both instances, when these men have an encounter with Jesus and are invited to follow him, they left everything behind and followed Jesus. This is what it means to be “poor”. Jesus is not in any way exalting material poverty. The “poor” are those who voluntarily leave behind the riches of the world because they have found in Christ what it is that makes their life “rich” and fulfilling. Their hope is no longer in material possessions but in staying with this man who has revealed the presence of the Kingdom of God. In him and with him, they experience a fullness of life unlike anything else they have experienced before. They see in him and experience with him the answer to what their hearts long for. With him, they are happy. Likewise, Jesus is not exalting those who are physically hungry - those suffering from famine - or those who are depressed (those who are weeping). Rather, the ones who have found Jesus - recognized him as the answer to what they are looking for - are the ones who are hungering for more in life and are in touch with the reality that nothing of this world really satisfies. They are in touch with their deep need and are crying out for more. With the “woes”, Jesus is not condemning the rich or those who have a lot of money. Rather, he is warning that if you put your hope in material things, you will be deceived and not recognize what makes life full and happy. It is a warning against future judgment. Again, this is something Jesus is saying to the disciples, i.e., to us. We can say that we are followers of Jesus. We can even have had a profound experience of meeting the Lord, but has Jesus become the “substance” of our lives - what gives my life stability? Is he the one who I am willing to risk my life on? We all know from recent experience, whether it is the pandemic, a flood, or an economic downturn, that material things as well as health can be taken away in an instant. They are not something stable on which to build a life. Do we think that “faith in Jesus” means for us that we will not have suffering or hardship or difficulties? That we are only supposed to get good things in this life? St. Paul gives us some very challenging words in the letter to the Corinthians that we hear in the 2nd reading today: “If for this life only we have hoped in Christ, we are the most pitiable people of all.” As Christians, do we live as if this life is all there is? As if the resurrection is something only for the “next” life, i.e., that it really has no impact on the way I live today? What does the resurrection mean for us? What does it look like in our lives? The resurrection is the presence of a new humanity in our life that is the fruit of faith. It is a humanity that is not crushed by circumstances, whose happiness is not determined by circumstances. The prophet Jeremiah in the first reading gives us an image that speaks to the life of the resurrection here and now: “Blessed is the one who trusts in the Lord, whose hope is the Lord. He is like a tree planted beside the waters that stretches out its roots to the stream: it fears not the heat when it comes; its leaves stay green; in the year of drought it shows no distress, but still bears fruit.” Those who are witnesses to the resurrection are not afraid to suffer hardship. In fact, it is in and through the hardship, facing it with hope, that they bear fruit for the kingdom. “The Blessed” is a synonym for “the saints.” The lives of the saints are de facto proof that the things to come, the promise of the resurrection, is not only a reality that we await, but a real presence here and now. May we, like the saints and the Blesseds, allow ourselves to be possessed by Christ - to know ourselves wanted, loved, and chosen by God, that he is the source of life, so that Jesus is the possession or substance which we hold most dear and on which we build a life that bears fruit.
Spanish
6th Sunday in Ordinary Time (C) - February 13, 2022 - What is the source of our happiness?
Mis queridos hermanos en Cristo…. ¿Cuál es la fuente de la felicidad en la vida? Jesús plantea esta pregunta a los discípulos y a nosotros cuando predica el sermón del Evangelio de hoy que es una versión de “las bienaventuranzas”. “Bienaventuranza” se refiere a la “bienaventuranza suprema” - la bienaventuranza del cielo - la vida eterna. “Bienaventurado” a menudo se traduce como “feliz” o “dichoso”, lo que indica que nuestro deseo de felicidad encuentra su cumplimiento solo en Dios. Somos “afortunados” o “dichosos” si las acciones y actitudes descritas por las bienaventuranzas son las nuestras porque indican que estamos en el camino de la vida eterna. Las bienaventuranzas proclaman las bendiciones y recompensas ya aseguradas - una anticipación de la eternidad. Lo que realizamos aquí y ahora en la fe sostiene nuestra esperanza en medio de la tribulación. Jesús dirige esta enseñanza principalmente a los discípulos, por lo que tenemos que mirar la enseñanza en este contexto. ¿Quiénes son los discípulos? La semana pasada escuchamos el llamado de Simón el pescador y sus compañeros, Santiago y Juan. Poco después, en el mismo capítulo del Evangelio, se nos habla de la llamada de Leví, el recaudador de impuestos. En ambos casos, cuando estos hombres tienen un encuentro con Jesús y son invitados a seguirlo, dejan todo atrás y siguen a Jesús. Esto es lo que significa ser “pobre”. Jesús no exalta de ninguna manera la pobreza material. Los “pobres” son aquellos que voluntariamente dejan atrás las riquezas del mundo porque han encontrado en Cristo lo que hace que su vida sea “rica” y plena. Su esperanza ya no está en las posesiones materiales sino en quedarse con este hombre que les ha revelado la presencia del Reino de Dios. En él y con él, experimentan una plenitud de vida como ninguna otra que hayan experimentado antes. Ven en él y experimentan con él la respuesta a lo que su corazón anhela. Con él, son felices. Del mismo modo, Jesús no está exaltando a los que tienen hambre física, los que sufren de hambre, o los que están deprimidos (los que lloran). Más bien, los que han encontrado a Jesús y lo reconocen como la respuesta a lo que buscan- son los que tienen hambre de más en la vida y están en contacto con la realidad de que nada de este mundo satisface realmente. Están en contacto con su profunda necesidad y están clamando por más. Con los “ayes”, Jesús no está condenando a los ricos o a los que tienen mucho dinero. Más bien, está advirtiendo que si se pone su esperanza en las cosas materiales, será engañado y no reconocerá lo que hace que la vida sea plena y feliz. Es una advertencia contra el juicio futuro. Nuevamente, esto es algo que Jesús les está diciendo a los discípulos, es decir, a nosotros. Podemos decir que somos seguidores de Jesús. Incluso podemos haber tenido una experiencia profunda de encuentro con el Señor, pero ¿se ha convertido Jesús en la “sustancia” de nuestras vidas? ¿Qué le da estabilidad a mi vida? ¿Es él por quien estoy dispuesto a arriesgar mi vida? Todos sabemos por experiencia reciente, ya sea la pandemia, una inundación o una recesión económica, que las cosas materiales, así como la salud, pueden desaparecer en un instante. No son algo estable sobre lo que construir una vida. ¿Pensamos que la “fe en Jesús” significa para nosotros que no tendremos sufrimiento ni penalidades ni dificultades? ¿Que se supone que solo debemos obtener cosas buenas en esta vida? San Pablo nos da algunas palabras muy desafiantes en la carta a los Corintios que escuchamos en la segunda lectura de hoy: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres”. Como cristianos, ¿vivimos como si esta vida fuera todo lo que hay? ¿Como si la resurrección fuera algo solo para la “próxima” vida, es decir, que realmente no tiene impacto en la forma en que vivo hoy? ¿Qué significa la resurrección para nosotros? ¿Cómo se ve en nuestras vidas? La resurrección es la presencia de una nueva humanidad en nuestra vida que es fruto de la fe. Es una humanidad que no se deja aplastar por las circunstancias, cuya felicidad no está determinada por las circunstancias. El profeta Jeremías en la primera lectura nos da una imagen que habla de la vida de la resurrección aquí y ahora: “Bendito el hombre que confía en el Señor, y en él pone su esperanza. Será como un árbol plantado junto al agua, que hunde en la corriente sus raíces; cuando llegue el calor, no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos.” Los que son testigos de la resurrección no temen sufrir penalidades. En efecto, es en ya través de la dificultad, afrontándola con esperanza, que dan frutos para el reino. “Los Beatos” es un sinónimo de “los santos”. Las vidas de los santos son prueba de hecho de que lo que vendrá, la promesa de la resurrección, no es sólo una realidad que esperamos, sino una presencia real aquí y ahora. Que nosotros, como los santos y los beatos, nos dejemos poseer por Cristo, para sabernos queridos, amados y elegidos por Dios, que él es la fuente de la vida, para que Jesús sea la posesión o sustancia que tenemos más querida y sobre la que construimos una vida que da frutos. ¡Que Dios los bendiga y conceda su felicidad!
English
5th Sunday in Ordinary Time (C) - “Seized” by the mercy of God.
I experienced something very similar to Peter when I discovered the call to the priesthood. It began with a simple favor - a request. My grandfather was in the hospital and my mother asked me to pray for him. I started to go to daily Mass. I began to listen to the word of God every day. I was asked by the priest at the parish to read at Mass. I became more attentive to and spent more time with God’s word. I had been an altar server as a boy and regularly went to Sunday Mass even through college. I knew about Jesus, but I was not thinking about becoming a priest. I had profound experience of the presence of God and his mercy - feeling chosen and wanted by the Lord at the same time I felt I had nothing to offer. This experience “seized” me. I experienced a grace - a fullness of life - unlike anything from any of the successes I achieved by my own efforts up to that point. I didn’t know what this meant, but I had to follow Jesus to find out.
The “invasion” of God’s grace begins in the ordinary events of our life, when we are not actively or consciously looking for the Lord. He finds us when we least expect it, and the opening to his grace usually begins with an interruption to our plans or a proposal that seems like a waste of our time or something beyond our capabilities. May our sins of the past and our weaknesses and limitations not be the criteria we use to discern God’s will or plan for us. He does the choosing. He doesn’t ask for our worthiness but our “yes”. He comes to us in our weakness and fragility so it becomes all the more clear that the abundance we receive is not the result of our own strength or efforts but is from the grace of God. Do not be afraid to follow the Lord. Listen to his word, and “put out into the deep”. The Lord is in our boat. When we allow ourselves to be “seized” by Christ, we become, by our witness, able to draw others to Him.
Spanish
5to Domingo del Tiempo Ordinario (C) - “Atrapados” por la misericordia de Dios.
Las lecturas de hoy nos dan una idea de cómo el Señor nos llama y cómo podemos llegar a reconocer su presencia en nuestras vidas. El método que Dios usa aquí no tiene que ver solo con el descubrimiento de una vocación sacerdotal o religiosa, sino que se aplica también a la vocación matrimonial y cómo todos nosotros, dentro de la vivencia de nuestras vocaciones, podemos profundizar nuestro seguimiento a Jesús. Lo primero a tener en cuenta es que Dios toma la iniciativa. La vocación, el llamado a seguir al Señor, no es algo que Pedro, Isaías e incluso San Pablo estuvieran buscando. Pedro sabía quién era Jesús e incluso lo había conocido antes de este episodio. Jesús había estado enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm, la ciudad natal de Pedro. Jesús enseñó con autoridad, y después de expulsar un espíritu inmundo de un hombre en la sinagoga, “la noticia de él se extendió por todas partes en la región circundante”. Jesús incluso había visitado la casa de Pedro y había curado a la suegra de Pedro, por lo que Jesús no era un extraño para Pedro. Podemos saber de Jesús e incluso conocer a personas cuyas vidas han sido cambiadas por él, pero la conciencia de nuestra vocación sucede cuando su gracia irrumpe inesperadamente en nuestras vidas, personalmente. En el Evangelio de hoy, Pedro es un espectador mientras Jesús predica a la multitud junto al lago de Genesaret. Peter está en su trabajo diario, lavando sus redes después de estar pescando en el lago toda la noche. Jesús, sin pedir permiso a Pedro, sube a su barca. Interrumpiendo el trabajo de Pedro, Jesús le pide un favor a Pedro: alejarse un poco de la orilla para poder predicar sin ser aplastado por la multitud. Ahora, Pedro está en la barca con Jesús. Su trabajo se deja de lado y puede prestar toda su atención a lo que Jesús está diciendo. Entonces Jesús hace una sorprendente petición a Pedro: “Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar”. Pero lo que es aún más sorprendente es la respuesta de Pedro. ¿Por qué accede y sale a bajar las redes? ¿Por qué él, un pescador profesional, escucharía a un rabino que le dice cómo pescar? Pedro habría estado muy cansado después de trabajar toda la noche y habría sabido que ese no era el momento ni el lugar para pescar. Esta solicitud no "tiene sentido", no es práctica desde una medida mundana, pero él dice "sí" a la solicitud. Después de escuchar a Jesús enseñar a la multitud por un tiempo, Pedro escuchó la autoridad en la enseñanza de Jesús. Él creía lo que Jesús estaba diciendo, y en este punto, no tenía razón para dudar de que lo que Jesús estaba pidiendo era para su bien. Sería irrazonable no seguir lo que Jesús estaba pidiendo. “A tu orden”, literalmente, “a tu palabra”, bajaré las redes. Esta es la misma respuesta que tuvo María en la Anunciación: “Hágase en mí según tu palabra”. Lo que se le propone no “tiene sentido” desde una perspectiva humana, desde su entendimiento, pero cree en la palabra de Dios. Pedro, como María, responden a una presencia asombrosa que ha entrado inesperadamente en su vida, confiando no en sus propias capacidades sino en aquel que le pide que se ponga en camino. La tremenda captura de peces que recogen -llenando las barcas- verifica de manera concreta que Jesús es más que un simple hombre sabio. El efecto producido, que se da en Pedro, es tan desproporcionado en comparación con la fuerza y la habilidad de Pedro. Es mucho más de lo que “merece”. Pedro ha sido el destinatario de una tremenda gracia y misericordia. En esta experiencia reconoce que está en la presencia de Dios y que no es digno de este don. “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. Pedro cae a las rodillas de Jesús. Se humilla ante el misterio de la presencia de Dios. Lo que Pedro dice y hace es una respuesta humana natural ante la maravilla de la presencia divina. Es similar a la respuesta de Isaías cuando se le da una visión de la liturgia divina y experimenta la presencia de Dios. “Soy un hombre de labios inmundos… ¡pero mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!” Cuando venimos a la presencia de Dios, cuando estamos ante su luz, nos hacemos profundamente conscientes de nuestra propia pecaminosidad e indignidad. Lo que “atrapa” a Pedro, Isaías y San Pablo es que son pecadores, pero elegidos, queridos y amados por Dios. Han sido los destinatarios de una gracia y una misericordia extraordinarias. Pablo lo describe de esta manera: “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, no digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido ineficaz. Ciertamente, he trabajado más duro que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.” No son los esfuerzos de Pablo, sino la gracia de Dios con él lo que hace efectivo su ministerio. Este efecto sorprendente, la presencia divina con él, hace creíble la palabra que predica. Como vemos en Isaías, Dios no llama a los perfectos; más bien, perfecciona y purifica a los que ha llamado. Isaías se ofrece voluntariamente a ir con el Señor. Él dice "sí" a la misión, sin saber los detalles de antemano. Pedro y sus compañeros son libres de seguir a Jesús - lo dejan todo, porque la experiencia de su presencia - su amor y misericordia - es más plena que cualquier otra cosa. No saben lo que significa que de ahora en adelante “serán pescadores de hombres”, pero pueden creer en su palabra, y siguiendo a Jesús es como descubren cómo Jesús cumplirá lo que promete. Esta experiencia de plenitud - el resultado sorprendente - los hace menos temerosos - menos vacilantes en confiar la próxima vez que Jesús les pida "remar mar adentro".
Yo viví algo muy parecido a Pedro cuando descubrí la llamada al sacerdocio. Comenzó con un simple favor: una solicitud. Mi abuelo estaba en el hospital y mi madre me pidió que orara por él. Empecé a ir a misa todos los días. Empecé a escuchar la palabra de Dios todos los días. El sacerdote de la parroquia me pidió que leyera en la misa. Me volví más atento y pasé más tiempo con la palabra de Dios. Yo había sido monaguillo cuando era niño y asistía regularmente a la misa dominical incluso cuando estaba en la universidad. Sabía de Jesús, pero no estaba pensando en ser sacerdote. Tuve una profunda experiencia de la presencia de Dios y de su misericordia, sintiéndome elegido y querido por el Señor al mismo tiempo que sentía que no tenía nada que ofrecer. Esta experiencia me “atrapó”. Experimenté una gracia, una plenitud de vida, diferente a cualquiera de los éxitos que logré por mis propios esfuerzos hasta ese momento. No sabía lo que esto significaba, pero tenía que seguir a Jesús para averiguarlo.
La “invasión” de la gracia de Dios comienza en los acontecimientos ordinarios de nuestra vida, cuando no estamos buscando al Señor activa o conscientemente. Él nos encuentra cuando menos lo esperamos, y la apertura a su gracia suele comenzar con una interrupción de nuestros planes o una propuesta que parece una pérdida de tiempo o algo más allá de nuestras capacidades. Que nuestros pecados del pasado y nuestras debilidades y limitaciones no sean el criterio que usemos para discernir la voluntad o el plan de Dios para nosotros. Él hace la elección. No pide nuestra dignidad sino nuestro “sí”. Él viene a nosotros en nuestra debilidad y fragilidad para que quede más claro que la abundancia que recibimos no es el resultado de nuestra propia fuerza o esfuerzo, sino de la gracia de Dios. No tengas miedo de seguir al Señor. Escuchad su palabra, y “remad mar adentro”. El Señor está en nuestra barca. Cuando nos dejamos “apoderar” de Cristo, nos volvemos, por nuestro testimonio, capaces de atraer a otros a Él.

